Un encuentro es una herida



Texto escrito originalmente para integrar la conferencia-performance Secalharidade (2012), criada em colaboración con João Fiadeiro (co-producción alkantara festival/Culturgest).

​Traducción: Lucía Thobokholt

Versiones publicadas:

2013. O encontro é uma ferida. In Trilogia Secalharidade. Lisboa: Ghost Editores

2013. An encounter is a wound. In Scores, 3 – uneasy going. Viena: Tanzquartier

2013. O Encontro é uma ferida (Dossier AND Lab). In Revista A.Dnz, ano 1, no.1, Santiago de Chile: Universidade de Chile, Facultad de Artes, Departamento de Danza.






Un encuentro es una herida. Una herida que, de una manera tan delicada como brutal, expande lo posible y lo pensable, signando otros mundos y otros modos de vivir juntos, al mismo tiempo que sustrae pasado y futuro con su emergencia disruptiva.

Un encuentro sólo es un encuentro cuando su manifestación accidental es percibida como ofrecida, aceptada y retribuida. De esta implicación recíproca emerge un medio, un ambiente mínimo cuya duración se irá, de a poco, diseñando, marcando e inscribiendo como un paisaje común. Un encuentro, entonces, sólo se efectúa -sólo termina de surgir y comienza a acontecer- si es advertido y, consecuentemente, contra-efectuado -eso es, asistido, manejado, cuidado, (re)hecho cada vez infinitamente.

Muchos accidentes que podrían convertirse en encuentros no llegan a cumplir su potencial porque, cuando despuntan, son descifrados tan precipitadamente, anexados a lo que ya conocemos y a las respuestas que ya tenemos, que nuestra existencia sigue inconmovible en su cinética infinita: no los reconocemos como inquietudes, como oportunidades para reformular preguntas, como una ocasión para refundar modos de operar.

Con el presupuesto de que primero es preciso saber para después actuar, rara vez nos detenemos a reparar en el accidente: ni bien nos golpea, tendemos a bloquear su manifestación aún precaria e incipiente. Retrocedemos con el cuerpo y avanzamos con el “observar” -creyendo que puede ser “objetivamente” percibido como lo que es- o con el “ver”, partiendo de la premisa de que hay un sentido por detrás de las cosas, a ser interpretado “subjetivamente”. En uno u otro caso, llegamos demasiado rápido a lo que creemos conocer -una ley o un punto de vista, singular o plural: ambas una manipulación-. Las dos son versiones de una misma escisión entre sujeto y objeto, que asigna en un orden lo que cada una de estas entidades puede y no puede. Que atribuye de manera unilateral la capacidad de producir agencia y sentido al sujeto, así como el derecho a legislar sobre el objeto para diagnosticar, controlar, clasificar y pacificar el espíritu, etc. Transformado en objeto, la inclinación y el potencial del accidente para afectar son también cancelados y encajonados, a la fuerza, en una certeza o en una especie de “lo encontré”. Y así seguimos existiendo. Conjeturando antes de encontrar.

Desde esta lógica dominante que opera en nuestro día a día -la lógica de desesperar y no la de esperar; la lógica de la urgencia y no la de la emergencia; la lógica de la certeza y no la de la confianza- un accidente sólo puede ser experimentado como tal si tiene la fuerza de una catástrofe. Es así tan desproporcional en su diferencia, en su divergencia en relación a nuestras expectativas y nuestras herramientas de decodificación e interpretación, que precede y oprime el grado de objetivación, llevándonos en un solo aliento de sujetos a sujetados. Ahí es cuando no podemos ignorarlo o domesticarlo: simplemente se nos cae encima.

Pero lo que es trágico es que incluso esta catástrofe-accidente no tiende a ser experimentada como un encuentro, ya que la escisión entre sujeto y objeto es preservada; sólo sus signos son invertidos. Destituidos del control que creíamos nuestro por derecho, nos encontramos paralizados, ultrajados ante la súbita soberanía del accidente. Entramos en crisis, colocando todo en duda, culpando a los dioses, los padres, el estado, el país. Desesperados, nos apresuramos hacia la arbitrariedad del “da lo mismo” o hacia la prepotencia del “todo vale”: nos ponemos a resistir. Y si de todas formas no funciona, es incluso peor: nos ponemos a desistir.

Y entonces ya es demasiado tarde -el hecho de conocer no se aplica más, las “búsquedas” no nos salvan, y tampoco nos abrimos a la estimación mutua-; perdemos así la oportunidad de experimentar el gusto que tiene el encuentro. Perdemos el control y, por añadidura, las certezas que lo sostenían. Claramente ya no somos más los que decidimos. Mientras tanto, como si hubiésemos olvidado sincronizar nuestras suposiciones con la actualización del mundo, quedamos rehenes del decreto que nos provocó la ilusión de haber decidido. Aquí está el nudo: no en el hecho de que perdimos el “poder de decisión” (¿alguna vez lo tuvimos?), sino en el hecho de que somos incapaces de tomar una “de-escisión”, revocando el decreto de escisión.

El mundo en que vivimos hoy es precisamente ése: el mundo donde ya hemos comprendido que no podemos decidir, pero aún sin aprender cómo de-escindir. Un mundo donde, atónitos, nos sentimos consecutivamente atrapados por accidente tras accidente, crisis tras crisis, incertidumbre tras incertidumbre. Atrapados en la exasperada sensación de que “ya es tarde”. “Ya es tarde” para insistir en la ficción de que tenemos el control. “Ya es tarde” para insistir en la negación de las disparidades, conflictos, desacuerdos, intransigencias y equívocos convertidos en ley. “Ya es tarde” para insistir en vivir “como si” el consenso fuese posible o incluso deseable. Para insistir en una existencia inquebrantable, que pretende saber por anticipación, apoyada en un nexo apriorístico y trascendental: a cada cosa un nombre, un encuadramiento, una regularidad; sin sustos o riesgos, todo explicado, todo previsto. Y aquello, todo esto, ya no se sustenta más.

Ya no es posible continuar con una existencia acomodada, en la indiferencia tranquila del “está todo bien” como del “ya es tarde”, tanto para la resistencia como para la desistencia: queda cada vez más claro que no hay salida ni solución a partir de estas dos maneras de desresponsabilizarnos.

Y tal vez por eso, este sea el momento preciso para contener la desesperación y reparar en lo que nos rodea. Suspender el régimen de urgencia, creando condiciones para una apertura desarmada y responsable hacia la emergencia. Sustituir expectativa por espera, certeza por confianza, queja por compromiso, acusación por participación, rigidez por rigor, escape por asistencia, competencia por cooperación, eficiencia por suficiencia, lo necesario por lo preciso, el condicionamiento por la condición, el poder por la fuerza, el abuso por el uso, la manipulación por el palpamiento, el descarte por el arreglo. Reparar en lo que uno tiene, hacer con lo que se tiene. Y acoger lo que emerge como acontecimiento. Reencontrar en esa materia simple y cotidiana en relación a la cual aprendemos a ser insensibles -la materia de la quizacontecimentación[1]-; reencontrar allí, en esa convergencia recíproca, toda una multiplicidad de vías contingentes para abrir una brecha. Una brecha para la reexistencia.

En pos de explorar esa brecha, es preciso abandonar las respuestas, soltar la obstinación por definir lo que las cosas “son”, lo que “significan”, lo que “quieren decir”, lo que “representan”. Dejar de lado la obsesión por las causas, los motivos, las razones y la demanda insaciable por identificar y acusar culpables, por reforzar el lamento -mientras, impávidas, las consecuencias van siguiendo sus ritmos. Es necesario, justamente, activar un trabajo con las consecuencias, comprometido en asistir y rastrear lo obvio de las oportunidades para ingresar en un plano común.

Si existe alguna razón en el encuentro, no es la de las causas o los juicios, sino la razón – o la proporción- de las distancias que com-ponen como modulaciones distributivas de diferentes dinámicas, autónomas y a la vez co-dependientes. Es este tipo de “razón” que aparece cuando nos involucramos en la estimación de las variantes en juego, en el cálculo infinitesimal de los ajustes y las proporciones suficientes.

Esto sólo puede ser realizado si revocamos los escudos protectores del sujeto y del objeto y si soltamos los contornos predefinidos de lo uno y de lo otro. Esto sólo puede ser realizado si dejamos de avanzar de inmediato, movidos por el vértigo de la revelación o por la tiranía de la espontaneidad, encontrando tiempo dentro del propio tiempo de las cosas. Un tiempo que ya está allí, entre el estímulo y la respuesta, pero que desperdiciamos en la vorágine con que cedemos ante el miedo y recaemos en el hábito, en las respuestas confeccionadas o en cualquier reacción impulsiva, únicamente por saciar la desesperación de no saber. Esto sólo puede ser realizado si soltamos el protagonismo, transfiriéndolo hacia ese “tercer” lugar, impuro y precario, que se instala a medio camino en el cruce de las inclinaciones recíprocas: el acontecimiento.

Si nos damos ese tiempo, ese silencio, esa brecha; si toleramos mantener la herida abierta, si toleramos simplemente r(e)parar -volver a parar para reparar en lo obvio hasta que se “desobvie”-, entonces es que el encuentro se presenta y nos invita, con su complejidad envuelta en simplicidad.

Encontrar es un ir “teniendo con”. Es un “entre-tener” que implica desenvolver la extrañeza que la súbita aparición de lo imprevisto nos trae. Desenvolver lo que “tiene” y, al mismo tiempo, lo que nosotros tenemos para ofrecerle en retorno. Desfragmentar, en sus menudencias, las cantidades de diferencia que se ponen en relación inesperadamente. Retroceder desde el fragmento (la parte de un todo) hacia el fractal (el todo de una parte).

Relación: enclave situado entre las posibilidades compositivas que coinciden.

Relación de relaciones: una tendencia, una ruta, un acontecimiento que solamente persiste mientras no “es”, que solamente persiste en tanto re-existimos con él.

Vivir juntos es, tan sólo, posponer el final.






[1] Traducción posible de secalharidade, que convierte en sustantivo la expresión se calhar -tal vez, quizás, probablemente- y que remite a su vez al verbo calhar, que nombra el surgir de cosas o acontecimientos en momentos oportunos, pertinentes (N. de T.).

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Fernanda Eugenio, 2018

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